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El compromiso que tiene el arte religioso es cumplir con el antiguo

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Antonio

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Biografía

Antonio Oteiza nace en San Sebastián (Gipuzkoa) el 26 de junio de 1926, hijo de Carmen Embil Giner y José Oteiza Lasa. A los diez años, se traslada con su hermano Ignacio a vivir a Orio, donde estudia en el Colegio la Salle de Zarauz, a cinco kilómetros de Orio. En 1945 entra en el noviciado de los Capuchinos, en Bilbao y comienza a estudiar Filosofía (1946-48) y Teología (1949-52), siendo ordenado sacerdote en Madrid por el obispo Eijo Garay en 1953. Destinado como misionero en Báyamo (Cuba), pasa 5 años en Venezuela y recorre el Orinoco; allí conoce la cultura de los indios Guayo y los indios Motilones, en la Sierra de Parijá, entre Colombia y Venezuela.

Antonio inicia su carrera como artista realizando sus primeras obras en la década de los 50.

“Mi afición por el arte nació de una necesidad; andaba a mis 30 años por el oriente venezolano, y era el año del tercer centenario de la llegada de los capuchinos a esas regiones donde habían fundado multitud de pueblos. Quise hacerles algún recordatorio, pensé en un monumento y busqué un escultor, pero no lo encontré. Así que busqué barro y todos lo necesario y lo hice yo mismo.”

De vuelta a Madrid en 1961, plantea a sus superiores dedicarse al arte religioso. Recibe clases durante un mes de manos del escultor Víctor de los Ríos y del pintor de San Fernando Amadeo Roca. Monta un taller en el convento capuchino de Cuatro Caminos (Madrid) y allí crea sus primeras obras, perfectamente figurativas, como corresponde a los criterios de una formación académica. Allí realiza piezas como “San Francisco y el lobo”, “San Francisco y las tórtolas” y dos acerca de Pau Casals. En estas se aprecia la confluencia o síntesis formal entre las formas redondeadas orgánicas y los planos geométricos nítidos.

Antonio va definiendo lentamente su propio estilo. Trabaja madera y piedra. A mediados del mismo año se le da permiso para estudiar arte en La Escuela Internacional de Perusa (Italia). A su vuelta, en 1963, Antonio expone en Vitoria con el jesuita Santiago Montes. Durante estos años participa en el movimiento de renovación del arte religioso que promueve el concilio Vaticano II.

En octubre de 1964 Antonio se ve obligado a desmantelar el taller de Cuatro Caminos, pues es destinado a La Coruña, donde se instala en el convento de Capuchinos de Gijón. Allí reanuda la práctica de la cerámica, en la Fábrica de Loza del barrio del Natahoyo. En Gijón quedan muchos trabajos suyos, que ascienden a casi 20 obras.

En 1969 pasa un año en Aránzazu con su hermano Jorge, donde trabaja en la obra de la Basílica. Su hermano Jorge es elegido para encabezar la obra junto al arquitecto Saénz de Oiza, los escultores Lucio Muñoz y Eduardo Chillida, los pintores Carlos Pascual de Lara y Néstor Basterrrechea y fray Javier M. de Eulate, autor de las vidrieras. Es la única vez que los dos hermanos trabajarán juntos.

“Cuando en tu familia surge una personalidad artística, piensas que lo que merece la pena, ese pensamiento te puede inducir a actuar. Ese ha sido mi caso… Podemos estar influidos por motivaciones similares. Jorge ha razonado todo su arte, esto es muy importante. Yo, por mi parte, intento ser espontáneo y estar cerca de la frescura del arte popular.”

En 1970 Antonio vuelve a partir rumbo a Recife (Brasil). Durante tres meses remonta el curso del Amazonas en barca, desde Belén a la cordillera de los Andes, donde escribe “Aventurero sin equipaje por el Amazonas”. En enero de 1971 es párroco de Angasmarca, en los Andes peruanos, experiencia que le marca y que refleja en su libro “Cartas parroquiales de Angasmarca”. Vuelve a España atravesando el Pacífico, con lo que completa la vuelta al mundo.

“Una de las conciencias que da el viaje, aquel que pasa la vida de peregrino por el mundo, es que en cada lugar se va dejando parte de su vida, lo que le concede ya un derecho de pertenencia a ese lugar, se siente que se va dejando el futuro cadáver en cada lugar, porque en el último lugar en que va a quedarse tampoco le corresponderá el quedarse.”

Desde que dejó América atrás, ideaba volver, pero aún no sabía que se iba a a convertir en un aventurero incansable, por los sitios más recónditos de la geografía americana. El riesgo, el miedo, lo desconocido, la propia muerte son límites que él mismo desafía con tal suerte, que en varios cuadernos recogió datos importantes para luego narrarnos día a día, sus vivencias en el río Amazonas. Indudablemente a partir de ahora empieza la obra de su vida, que perdura hasta el día de hoy.

Antonio Oteiza en su estudio

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